El día martes fue un día inusual. Me sentía desganado y desmotivado (cosa muy rara en mí), y el estrés de la universidad se aparecía en cada esquina. Incluso no tenía apetito
Así, decidí salir de mi facultad y tomar el bus hasta un parque de Miraflores al que siempre acudo para pensar y reflexionar.
Llegué y me puse a escuchar música del mp3. A pesar del viento frío, me gustaba esa sensación de estar parado al borde del acantilado, en mis oídos retumbando "Knockin' on Heaven's Door", mientras mis pies estaban a escasos centímetros del borde que parecía querer juntarse con el mar no tan distante.
Desde ese punto, a mis pies tenía el horizonte; a mis espaldas, la ciudad. Me sentía tan grande y a la vez tan pequeño, viendo como a mis pies las olas retumbaban, y los autos pasaban indiferentes.
Me recordó que muchas veces le restamos atención a la naturaleza que nos llama a gritos. Nos hemos acostumbrado a encerrarnos en nuestras esferas mientras a nuestro alrededor las olas retumban y el viento reclama. A pesar de ello, todo sigue su curso, nada lo detiene... Quizás separados, aislados... pero sin detenerse.
En ese momento tomé una decisión: Dejar que la vida siga su curso normal, siendo su amigo en vez de un simple pasajero más. Hay muchas cosas que valen la pena, y estaba dejando pasar.